Si alguien me hubiera preguntado hace unos años cuál era mi sistema operativo favorito, probablemente habría respondido sin pensarlo: Linux.
No porque estuviera de moda.
No porque quisiera ser diferente.
Simplemente porque me gustaba entender cómo funcionaban las cosas.
Mi primer contacto con Linux fue en 2003. La primera distribución que instalé fue SUSE y, poco tiempo después, migré a Ubuntu. Desde entonces prácticamente nunca he dejado de utilizarlo.
Durante muchos años convivió con Windows en mis computadores. En aquella época impartía cursos sobre Windows y herramientas de ofimática, por lo que necesitaba trabajar con ambos sistemas operativos.
Sin embargo, Linux siempre fue el espacio donde sentía mayor libertad para aprender, experimentar y comprender lo que ocurría detrás de la interfaz gráfica. La terminal nunca fue un obstáculo; al contrario, siempre representó una oportunidad para conocer mejor el sistema.
Hace aproximadamente cinco años dejé de utilizar arranque dual. Ya no necesitaba reservar espacio del disco para Windows y decidí trabajar exclusivamente con Ubuntu.
En ese momento pensé que simplemente estaba utilizando el sistema operativo con el que me sentía más cómoda.
Todavía no imaginaba que unos años después comenzaría a trabajar en proyectos de inteligencia artificial aplicada.
Hace aproximadamente un año tuve la oportunidad de trabajar, dentro de un proyecto de investigación, con una plataforma de computación especializada para inteligencia artificial.
Como muchos, pensé que el reto principal sería aprender nuevos modelos, algoritmos o herramientas de visión artificial.
Y sí, todo eso llegó.
Pero hubo algo que me llamó mucho la atención.
Prácticamente todo el ecosistema con el que empecé a trabajar giraba alrededor de Linux.
ROS2.
CUDA.
OpenCV.
JetPack.
Python.
Git.
SSH.
Servicios del sistema.
Aplicaciones web.
Automatización mediante scripts.
Integración de cámaras, LiDAR y sensores.
Sin buscarlo, descubrí que llevaba meses trabajando todos los días sobre Linux y que prácticamente todas las herramientas que utilizaba estaban diseñadas para desenvolverse de forma natural en este entorno.
Durante muchos años utilicé Linux porque me gustaba.
Ahora también entiendo por qué tantas plataformas de inteligencia artificial y robótica lo utilizan como base.
Linux ofrece estabilidad, flexibilidad y un enorme ecosistema de herramientas abiertas que facilitan el desarrollo de soluciones complejas.
Cuando se trabaja con robots, sensores, cámaras, servidores, procesamiento paralelo o inteligencia artificial ejecutándose localmente, esa flexibilidad se convierte en una ventaja enorme.
No significa que otros sistemas operativos no permitan desarrollar inteligencia artificial.
Hoy existen excelentes herramientas para Windows y macOS, y miles de investigadores y desarrolladores trabajan diariamente sobre ellas.
Sin embargo, cuando uno comienza a adentrarse en la robótica, los sistemas embebidos y la IA aplicada al mundo físico, es difícil no encontrarse constantemente con Linux.
Simplemente gran parte de ese ecosistema ha crecido alrededor de él.
Hay una idea que me parece interesante.
Muchas personas creen que aprender inteligencia artificial consiste únicamente en aprender Python.
La realidad es que el camino suele ser mucho más amplio.
Con el tiempo aparecen conceptos como control de versiones, administración de paquetes, servicios, automatización, redes, acceso remoto, variables de entorno, contenedores, compilación de software y muchas otras herramientas que terminan formando parte del trabajo diario.
Y, casi sin darse cuenta, Linux deja de ser únicamente el sistema operativo donde se ejecutan los programas.
Se convierte en una herramienta de trabajo.
Mirando hacia atrás, creo que haber utilizado Linux durante tantos años hizo que esta transición fuera mucho más natural.
No tuve que aprender desde cero cómo moverme por la terminal, conectarme por SSH o administrar servicios.
Pude concentrarme en aprender lo realmente nuevo: visión por computador, modelos de inteligencia artificial, ROS2, navegación autónoma y el desarrollo de robots inteligentes.
Quizá esa experiencia previa terminó siendo una ventaja que nunca imaginé necesitar.
Después de más de veinte años utilizando Linux, siento que nunca había sido tan importante en mi trabajo como ahora.
No porque Linux haya cambiado radicalmente.
Lo que cambió fue el tipo de proyectos en los que comencé a involucrarme.
Hoy sigo creyendo que lo importante no es el sistema operativo en sí, sino las posibilidades que ofrece para aprender, experimentar y construir soluciones.
Y si algo me ha dejado esta nueva etapa es una certeza.
La inteligencia artificial no solo está transformando la forma en que desarrollamos software.
También está cambiando las herramientas que utilizamos para crearlo.
En mi caso, Linux dejó hace mucho tiempo de ser simplemente un sistema operativo.
Hoy forma parte del laboratorio desde el que imagino, construyo y pongo a prueba muchas de las ideas que quiero desarrollar en robótica e inteligencia artificial aplicada.